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30 junio 2020

El conflicto palestino-israelí: del desengaño de Obama a la ruptura de Trump



Lejos de la cautela de su antecesor, Barack Obama, el Gobierno de Donald Trump anunció en julio de 2019 ante una sorprendida audiencia en Naciones Unidas que EE.UU. ya no respetaría la “ficción” creada en torno al conflicto palestino-israelí y que era hora de “comenzar un debate nuevo y realista sobre el tema” sin tener en cuenta el pasado.

La Administración de Trump quería dejar claro que no iba a desempeñar el papel de mediador que le había asignado hace cinco décadas el entonces secretario de Estado Henry Kissinger y al que, hasta entonces, se habían adherido todos los presidentes de EE.UU., incluido Barack Obama (2009-2017).

A diferencia de Obama que solo aspiraba a lograr algún avance en el conflicto, desde el principio Trump fantaseaba con el “pacto del siglo”, explica a Efe el experto de la Universidad George Washington Nizar Farsakh.

DEL “PACTO DEL SIGLO” A LAS CONCESIONES A ISRAEL
Con esa idea, nada más ganar las elecciones en 2016, el equipo de Trump abrió un canal de comunicación con los palestinos y, durante unos siete meses, invitó cada semana a la Casa Blanca al máximo responsable palestino en Washington, revela a Efe Nizar Farsakh, quien fuera asesor del ex primer ministro palestino Salam Fayad y que esta vez también aconsejó a los palestinos con Trump.

“En cierta forma, -argumenta Farsakh- ese enfoque fue refrescante porque todas las administraciones anteriores tenían una cierta inercia con Palestina e Israel. Había mucha corrección política con Israel y ninguna Administración había arriesgado el cuello. Cuando Trump llegó, estaba libre de todo eso y disparó a bocajarro”.

El mandatario veía Oriente Medio como cualquier otra región del mundo: no le importaba su historia ni cómo los Partidos Demócrata y Republicano habían entendido tradicionalmente el conflicto.

Sin embargo, Trump enseguida se dio cuenta de que era imposible lograr un acuerdo y decidió “reflejar la realidad que existe sobre el terreno”, en opinión del analista Michael S. Doran, quien trabajó en el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca bajo el Gobierno de George W. Bush (2001-2009).

“La solución de dos Estados para el conflicto palestino-israelí, tal y como se ha previsto tradicionalmente, no es realista y la Administración de Trump ha sido inteligente al ajustar la política de EE.UU. como corresponde”, argumenta Doran en un artículo publicado en junio en la revista Foreign Affairs.

Como resultado de esa nueva política exterior, Washington ha hecho un sinfín de concesiones a Israel: en diciembre de 2017, Trump reconoció a Jerusalén como capital de Israel y ordenó trasladar allí su embajada; en agosto de 2018, dejó sin fondos a la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (UNRWA); y en marzo de 2019, reconoció la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán ocupados.

En enero de 2020, Trump reveló su plan “de paz”, en el que se preveía la anexión israelí de colonias y zonas del geoestratégico Valle del Jordán, lo que podría comenzar el 1 de julio.

LA POLÍTICA DE TRUMP, UNA REACCIÓN A OBAMA
La simpatía de Trump a Israel parte de su aversión a Obama, quien tampoco tenía una buena relación con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.

A Trump y Netanyahu les une el rechazo a Obama, pero además el primer ministro israelí es amigo de la familia del yerno del mandatario, Jared Kushner, judío ortodoxo, y también conoce desde hace años al actual embajador estadounidense en Israel, David Friedman, quien ha donado grandes cantidades de dinero a los asentamientos israelíes en territorio palestino.

Bajo el Gobierno de Obama, las relaciones con Netanyahu se deterioraron completamente en 2013 a raíz de la continua construcción de asentamientos en Cisjordania y de las negociaciones con Irán para el acuerdo nuclear que acabó firmándose en 2015.

Además, antes de dejar la Casa Blanca, Obama tomó la decisión histórica de abstenerse, en vez de vetar, una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que pedía el cese “inmediato” y “completo” de la política israelí de asentamientos.

Ese voto fue un paso importante, pero meramente simbólico y realmente fue “lo único que Obama consiguió amasar en ocho años”, dice a Efe la abogada de derechos humanos Zaha Hassan, que formó parte de la delegación palestina en las conversaciones exploratorias con israelíes en 2011 y 2012.

OBAMA, QUIEN MÁS PROMETIÓ Y MENOS CONSIGUIÓ
Según Hassan, en su primer mandato (2009-2013), Obama despertó grandes expectativas entre los palestinos: una de sus primeras llamadas tras ser elegido fue al presidente palestino, Mahmud Abás; enseguida nombró un enviado especial para el conflicto; y dio un memorable discurso en El Cairo, en el que ofreció un “nuevo comienzo” en las relaciones entre EE.UU. y el mundo musulmán.

En ese discurso en El Cairo, Obama afirmó que la única solución al conflicto eran dos Estados, uno israelí y otro palestino, y pidió el cese de los asentamientos israelíes.

Sin embargo, la voluntad de Obama se quedó en palabras, apunta Hassan. El mandatario “no estaba dispuesto a gastar ningún tipo de capital político” y, en su segundo mandato (2013-2017), delegó en el secretario de Estado, John Kerry, la tarea de abrir una negociación entre las dos partes.

Sarah Yerkes, que en ese momento trabajaba en la oficina del Departamento de Estado para temas israelíes y palestinos, coincide en que el conflicto se convirtió en un “tema de Kerry” y no era una prioridad para Obama.

No obstante, Yerkes afirma que las negociaciones fracasaron por dos motivos: el propio Netanyahu, que se convirtió en el “principal obstáculo”, y la decisión de los palestinos de acudir al Consejo de Seguridad de la ONU para pedir que se fijara una fecha para la retirada israelí de territorios palestinos.

“El último clavo en el ataúd fue cuando los palestinos fueron a la ONU, que era algo que no podían hacer como parte del proceso de paz (…) Eso no mató el acuerdo, que ya estaba muerto, pero para los palestinos fue como, mira, nos damos por vencidos”, recuerda Yerkes.

A pesar del fracaso, Kerry siguió pidiendo a Israel que congelara la construcción de nuevos asentamientos.

Sin embargo, de manera paralela, Obama accedió a dar 38.000 millones de dólares a Israel en ayuda militar durante la próxima década, lo que suponía la mayor cantidad concedida por Washington a cualquier país.

Obama, que impulsó importantes políticas domésticas, titubeo en política exterior y en el caso del conflicto palestino-israelí no cumplió con las expectativas que él mismo se había marcado.




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