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31 julio 2018

Bazar de la cultura | Un patrimonio moribundo


El porvenir para el arte mexicano a partir del primero de diciembre es un asunto tan esencial como la educación pública; durante décadas, varias instituciones se subordinaron a la corriente del “arte conceptual”, mientras un patrimonio inapreciable se desvanecía. Ahora mismo, el mural de Eppens Helguera en el abandonado Deportivo Ferrocarrilero, de Azcapotzalco, se desmorona mosaico a mosaico.

En la Escuela primaria Manuel M. Ponce, en la Avenida del Peñón, colonia Azteca, se deterioran sus murales. Datan de mediados del siglo XX. No sabemos quién los pintó, pero a través de las rejas, se atisba la obra: un homenaje a la ciencia, uno de tantos patrimonios dejados a su suerte, mientras las instituciones destinan sus presupuestos a rendirles tributo a los acaudalados astros del arte conceptual, Yoko Ono incluida.

Los “conceptuales contemporáneos” no se ensucian las manos ni transpiran ante los materiales. Son otros quienes se abocan al trabajo físico.

Tradicionalmente, los maestros del arte han contado con ayudantes-discípulos. Antes de las academias, los nuevos artistas se formaban en los talleres de los maestros, como sucedía con los demás oficios. La Enciclopedia Italiana menciona entre los aprendices del florentino Andrea Verrocchio (1435-1488) a Leonardo da Vinci, Pietro Vanucci il Perugino, Lorenzo di Credi y Francesco Botticini.

El paisajista José María Velasco, ya en la era de las academias, fue discípulo de Eugenio Landesio en San Carlos, y a su vez, fue maestro de Diego Rivera. Así las generaciones de artistas se transmitían el conocimiento.

La diferencia con el “arte conceptual contemporáneo” es que no hay maestros como Verrocchio, sino estrellas como Damien Hirst, Yoko Ono y Gabriel Orozco. En sus talleres no forman discípulos que asimilen los conocimientos para crear un día sus propias obras, quizá superiores a las del maestro, como sucedió con Leonardo da Vinci. Las estrellas del “arte contemporáneo” imperan sobre un personal condenado al anonimato. Demian Hirts les llama “mis obreros”, con jactancioso clasismo. Según él, al “verdadero artista” le corresponde crear ideas, conceptos. No necesita trasladar la idea a los materiales, como lo hacían Botticelli, Da Vinci, José Clemente Orozco y Nishizawa, pues el dominio de las técnicas es una tarea artesanal.

La argucia de los “conceptuales contemporáneos” es evidente: apelan a la artificial división entre “artesanía” y “arte” como una coartada para no trabajar.

Quienes aspiran a emular las glorias de Yoko Ono desdeñan las técnicas y posan con gesto adusto, burlón o compungido frente a sus ocurrencias: cubetas de plástico llenas de agua, llantas inservibles pintarrajeadas, fotografías “intervenidas”.

¿La nueva administración se acordará de los murales agonizantes o seguirá con el culto a Yoko Ono y sus congéneres?

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